viernes, 29 de diciembre de 2006

DE BUENA TINTA

Rudy Amorós era periodista, o eso decía. Todos recordábamos verle siempre escribiendo en su vieja libreta o haciendo llamadas, y él afirmaba publicar en un periódico provincial, pero creo que nadie nos molestamos nunca en ir a comprarlo siquiera. Rudy era un tipo que caía especialmente bien; tranquilo y buen pagador, sólo bebía lo justo para poder inspirarse en sus eternas notas, que rellenaba constantemente desde la mesa de la esquina del escenario. Además se notaba que una vez fue bastante guapo; Rita le dedicaba alguna copla de vez en cuando para envidia de los chicos. Siempre estaba esperando la noticia de su vida: “Ernie, esta semana doy el pelotazo, ya veras” me decía, “me han dado un soplo sobre unos sobornos en el ayuntamiento; tema de comisiones, una bomba. El domingo salimos en portada, seguro” Me gustaba conversar con él, política y literatura eran sus temas favoritos. De vez en cuando hablábamos de mujeres, pero entonces miraba melancólicamente el fondo de su vaso y se sumía en sus propios pensamientos. Sé que pensaba en ella, pero nunca volvió a mencionarla, al menos en mi presencia. “Da mal fario hablar de los que nos adelantaron por la izquierda para irse, ¿verdad?”

Siempre me pregunté por que no le hicieron mejor una placa de hígado, pero al parecer no fue el alcohol lo que hizo que se nos muriese de golpe, sino unos pulmones que más parecían un esquema que un órgano vital. Tres meses le había dado el médico y aquel día se presentó en el bar con su enorme radiografía de pulmón en blanco y negro bajo el brazo enseñándola orgulloso y tranquilo. Esa fue una gran noche, bebimos y nos reímos mucho, y Rita cantó mejor que nunca. Rudy decía que era más divertido celebrar el funeral entre amigos.

Haciendo limpieza a la mañana siguiente me encontré su libreta encima de la mesa de siempre. No me sorprendió descubrir que estaba llena de poemas y retratos de ella. La portada del periódico de ese día, una noticia sobre el blanqueo de dinero de unos diputados, la firmaba un tal R.A. No lo sé a ciencia cierta, pero quiero pensar que era él, y que el día que se murió fue a buscarla, esta vez ya sin miedo a retenerla demasiado y ahora le recita sus poemas en algún hostal perdido de la costa.
Madrid, Diciembre 2006

miércoles, 27 de diciembre de 2006

HASTA LOS HUESOS

Fue la otra noche, un rato antes de que cerrarse. Pitt el flaco estaba en la misma esquina de siempre, desvistiendo los botellines de cerveza que le iba sirviendo y susurrando a la ginebra los versos que nunca le dijo. Ella llegó, con su vestido negro y sus ojeras de tres días, taconeando estruendosamente hasta el baño para que todos pudieran saber que estaba allí. “No me merece” decía Pitt, “nos tiraríamos cuchillas de afeitar antes de dos semanas”. Ella nunca le miraba, él respiraba por su boca. “Prefiero hacerme un transplante de corazón a besarla”. La amaba a diario profundamente. “No sabe andar con esos tacones”. Aquel día ella salió de baño con el pelo mojado, se paró junto a él y tras terminarse de un trago la ginebra le dijo: "Muchacho, nunca supe muy bien qué decirte, así que no me lo pongas más difícil”. Él se la llevó sin cruzar una palabra más y sin saber a dónde ni por qué, pero aun no ha vuelto a pagarme las copas pendientes.

Pitt decía que hay momentos por los que merece la pena perder la cabeza, aunque sepamos que los finales felices no existen. Me he abierto una cerveza desde su esquina vacía. Ahora que ya no hay huidas pendientes, que sólo quedan vías muertas a las que saltar, lenta, inexorablemente, te echo de menos. Hay que joderse, lo guapa estabas el día que me dijiste “no te salves, vente conmigo”. Y todavía sonreías cuando di media vuelta hacia la barra. Siempre tuviste más clase que yo.

Madrid, Noviembre 2006
Dibujos: Jose Zinc

OJOS VERDES

Ayer estuve dos horas hablando con Rita después de su actuación. Pasodoble, tango, bolero, copla, algún blues en un pésimo inglés... ella ameniza las noches con su voz sugerente y el balanceo de su caderas en re menor. Nunca hay mucho público, pero nos rompemos las manos para agradecerle cada pestaña que se deja en el pequeño escenario del bar. Dicen que Ernie la conoció como corista de orquesta de casino en un pueblo y se enamoró de su escote y de sus lagrimas cada vez que cantaba una copla de la Piquer. Se vino con él a la ciudad, cuando el garito aún era frecuentado por gente que podía pagarse un cóctel o una copa sin dejar de llevar la paga a casa. Su idilio duró lo que tardó ella en largarse con un dentista con consulta propia en el centro y un maletín de piel lleno de artilugios.

De su marido me contó que era un tipo tan poco interesante que le hacia el amor mientras escuchaba las cotizaciones de la bolsa en la radio. Apasionado de las ortodoncias a menores y de los empastes de oro, pasaba los días entre pulidores, caries y congresos. Después de los primeros meses de convivencia, Rita aprendió a contar orgasmos de menos. “Le dejé en cuanto me di cuenta de que lo mas parecido al sexo que iba a tener en los próximos años era depilarme al son de una canción de Nina Simone”.

Por lo visto al día siguiente se presentó en el bar sólo con la pequeña maleta donde guardaba los trajes de gala y empezó a cantar sus coplas. No sé si habrá vuelto con Ernie, pero creo que es feliz cuando, un poco borrachos ya, le soltamos piropos al final de una canción. De vez en cuando un mensajero trae un ramo de flores inesperado, él desempolva la vieja coctelera para hacernos una margarita y Rita llora cantando Ojos verdes.

Madrid, Noviembre 2006

jueves, 21 de diciembre de 2006

LA BOLA NEGRA

Qué mal jugaba al billar aquella camarera, pero qué culo tenia. Los muchachos y yo no cerrábamos el bar sin echar una partida antes con ella. Nunca se fue con nadie después, pero aun así insistíamos cada noche. “Mira, no me gustáis ni tu ni tus amigos. Sé que soñáis conmigo, pero mi idea del sexo para los próximos 10 años es cambiarle la sonda a un viejecito podrido de dinero”. Qué mas daba, si ni siquiera era nuestra camarera favorita. Pero sólo ella sabia sentarse entre la bola morada y la verde sin desbaratar la mesa y encima hacer una buena jugada. No solía pasar muy a menudo, pero en aquellas ocasiones nos regalaba una sonrisa y una ronda gratis. Un día la llevé a su casa. “No sé por que te empeñas en jugar, no te gusta ni el billar ni la compañía”, le dije. “Mira muchacho, en la mesa de billar todo cuadra, nada escapa a las leyes de la física. Las bandas delimitan el terreno, los tacos cubiertos de tiza, las bolas colocadas por alguna ley inexplicable. Al menos controlas algo, incluso puede que las marcas donde ha de tocar la bola blanca."

Después de ese día su culo siguió yendo y viniendo de la barra a la mesa de billar con la misma intensidad que antes, pero yo ya no prestaba atención a sus jugadas. Memoricé como un padrenuestro los lunares de su cuello, el compás de sus caderas y los tipos de recogido de pelo que usaba. Bebí mas de la cuenta sólo por observar sus manos agitando el Martini. Me esforcé por ser un tipo simpático. Intente sin éxito volver a acompañarla de nuevo.

Un día no se quedó a la partida, y al siguiente ni siquiera se presentó a trabajar. Desde entonces la mesa esta llena de polvo y la otra camarera juega con los muchachos a los darlos, con mejor puntería que muchos de ellos. Fue Ernie el que me lo dijo: "Chico, olvídate de ella, otro ya metió la bola negra en su rincón."

Madrid, Noviembre de 2006