Rudy Amorós era periodista, o eso decía. Todos recordábamos verle siempre escribiendo en su vieja libreta o haciendo llamadas, y él afirmaba publicar en un periódico provincial, pero creo que nadie nos molestamos nunca en ir a comprarlo siquiera. Rudy era un tipo que caía especialmente bien; tranquilo y buen pagador, sólo bebía lo justo para poder inspirarse en sus eternas notas, que rellenaba constantemente desde la mesa de la esquina del escenario. Además se notaba que una vez fue bastante guapo;
Rita le dedicaba alguna copla de vez en cuando para envidia de los chicos. Siempre estaba esperando la noticia de su vida: “
Ernie, esta semana doy el pelotazo, ya veras” me decía, “me han dado un soplo sobre unos sobornos en el ayuntamiento; tema de comisiones, una bomba. El domingo salimos en portada, seguro” Me gustaba conversar con él, política y literatura eran sus temas favoritos. De vez en cuando hablábamos de mujeres, pero entonces miraba melancólicamente el fondo de su vaso y se sumía en sus propios pensamientos. Sé que pensaba en ella, pero nunca volvió a mencionarla, al menos en mi presencia. “Da mal fario hablar de los que nos adelantaron por la izquierda para irse, ¿verdad?”
Siempre me pregunté por que no le hicieron mejor una placa de hígado, pero al parecer no fue el alcohol lo que hizo que se nos muriese de golpe, sino unos pulmones que más parecían un esquema que un órgano vital. Tres meses le había dado el médico y aquel día se presentó en el bar con su enorme radiografía de pulmón en blanco y negro bajo el brazo enseñándola orgulloso y tranquilo. Esa fue una gran noche, bebimos y nos reímos mucho, y Rita cantó mejor que nunca. Rudy decía que era más divertido celebrar el funeral entre amigos.
Haciendo limpieza a la mañana siguiente me encontré su libreta encima de la mesa de siempre. No me sorprendió descubrir que estaba llena de poemas y retratos de ella. La portada del periódico de ese día, una noticia sobre el blanqueo de dinero de unos diputados, la firmaba un tal R.A. No lo sé a ciencia cierta, pero quiero pensar que era él, y que el día que se murió fue a buscarla, esta vez ya sin miedo a retenerla demasiado y ahora le recita sus poemas en algún hostal perdido de la costa.
Madrid, Diciembre 2006